Cargado con sus venerables 82 años, el célebre
Profesor Emérito de Harvard Dr. John Kenneth Galbraith, dictó
una conferencia magistral el pasado Junio en el London School of Economics
con ocasión de la clausura del último año académico
del siglo, al recibir el grado de Doctor Honoris Causa. Galbraith es católico
y canadiense. Fue miembro conspicuo del Camelot de J.F. Kennedy, ciertamente
uno de sus mentores intelectuales, el más internacional de los demócratas,
habiendo estudiado Economía en California y en Cambridge. A pesar
de su nacionalidad, JFK lo nombró Embajador en la India. Fue Presidente
de la Asociación Americana de Economistas y de la Academia Americana
de Artes y Letras. Nadie mejor que él para analizar lo que el mismo
llamó "En el nuevo siglo, los asuntos inconclusos del viejo", poniéndole
al quehacer humano un severo examen final. La lista de éxitos de
Galbraith es somera pero impresionante. Comienza anotando la liberación
del tedio: "Uno de los logros del siglo ha sido el escape general de lo
que Marx llamó, con alguna exageración, la idiotez de la
vida rural". Continua indicando el enorme aumento en esperanza de vida
que la ciencia moderna ha logrado: "Hemos visto una maravillosa extensión
de los años en salud y gozo de vida". Apunta luego a los "suplementos
tecnológicos de la inteligencia humana incluyendo el computador"
pero advierte que será un complemento que maquinizará y distraerá
el pensamiento humano pero registra claramente el enorme aumento en la
disponibilidad de distracción y tiempo libre en las grandes masas
urbanas. Hasta aquí sus palabras elogian los logros del siglo aunque
al final añade como un gran logro, el fin del colonialismo pero
quejándose que no fue sustituído por gobiernos efectivos.
A partir de la mitad de su discurso Galbraith comienza a blandir el palo
contra el siglo. Aunque admite que ha habido un aumento extraordinario
en el volumen producido de bienes y servicios considera que ello es una
manera falsa de medir el éxito y progreso humano. Argumenta que
la maravillosa Florencia llegó a su apogeo con un ingreso per cápita
bajísimo, que París durante la edad de oro de los Impresionistas
era varias veces menos rico que ahora y que William Shakespeare produjo
literariamente en un país con un PBI per cápita muy bajo
(más bajo que el del Perú de hoy)…"También lo fue
el mundo que nos diera a Charles Darwin y nadie más desde entonces
ha retado a las creencias establecidas". Sentencia entonces que "el éxito
medido como producto económico no tiene relación alguna con
el logro humano". Critica luego nuestra predilección por el marketing,
con bastante razón: "El esfuerzo artístico más ardiente
es hoy dedicado no a las artes sino a la promoción de la venta de
bienes y servicios " pero este pecado transaccional también ocurre
entre los científicos porque, dice, "Pasa lo mismo con nuestros
esfuerzos científicos. Los sucesores de Darwin se concentran intensamente
ahora en llevar nuevos productos al mercado". Analiza luego las principales
fallas de las economías señalando que el problema más
serio es el de la inestabilidad, los bruscos giros hacia arriba y hacia
debajo de las fiebres de crecimiento y las depresiones, el "boom and bust"
tan típico de economías como las latinas. Galbraith considera
que no ha terminado la historia de ciclos: "Las caídas especulativas,
hoy llamadas correcciones, han sido las características básicas
del sistema." Y llama luego la atención: "Cuando escuchen que se
dice que hemos ingresado a una nueva era de prosperidad permanente con
los precios de los papeles financieros reflejando ése feliz hecho,
corra a buscar buen recaudo". La razón es la razón simple
de todos los Manriques: "Por varios siglos esta ha sido la justificación
estándar de los excesos especulativos". Concluye listando los dos
asuntos inconclusos del siglo, es decir, los más grandes fracasos
del siglo XX. El primero es "el gran número de pobres, aun en los
países más ricos, notablemente en los Estados Unidos" y el
segundo es la inigualdad en los ingresos. Su conferencia termina con una
escalofriante referencia al aumento en el número de naciones con
acceso a las armas nucleares pero admite que ello era previsible porque
los piases originalmente nucleares no han nada para deshacerse de sus enormes
inventarios. Para Galbraith,…"el más grande asunto inconcluso del
siglo que concluye es la necesidad de eliminar estas armas. Solo falta
que caigan en las manos de políticos con enfermedades mentales para
provocar un intercambio nuclear que puede ser el fin de la existencia civilizada…y
muy posiblemente de toda existencia".