PERUANIDAD DE LOS MERCADOS

A la pregunta de si habrá justicia en los mercados, de esas que me tocan en la Universidad, y muchas veces en casa, compete pensar bien en lo básico, esto es, lo que se considera como justicia en un país históricamente corrupto. Aquí se vive, se acepta la injusticia desde hace cientos de años, tanto, que la enormidad de la brecha crea sentimientos muy profundos de solidaridad, sentimientos compensatorios que crean una sensación concreta de unanimidad social. La injusticia es la única certeza e institución del Perú, todas las demás se modernizan. Esa es parte de la síntesis de nuestras vivencias como diría Victor Andrés. La Peruanidad es una síntesis de como vencimos a la geografía y como, a pesar de nuestra historia, vivimos con nosotros, hoy, a pesar de nosotros mismos. La última búsqueda del cholo perfecto, de la perfecta criollez, quedó, debemos admitir exitosamente en los macerados del Huallaga Central y anexos. La carretera marginal de la selva, fue un rotundo aunque excesivo éxito nacional y económico. Hace años que el sol es fuerte por nuestra ancestral hoja fuerte. El mercado le ganó a la geografía, como tantas otras veces. Nuestro caucho fue una advertencia demasiado admonitoria. La selva, el complejo ubérrimo lugar, tiene su propia y peculiar definición de escacez, de dificultad y de capacidad de sobrevivir rentablemente. A los que lo consiguen, poquísimos, se les llama, desde hace un par de siglos, "montaraces". Son gente dispuesta a la aventura, gente curiosa, lista para lo peor pero capaz de sobrevivir, amantes de la naturaleza, aliada cierta, muy humildes de sus capacidades, y despilfarradores de logros que debieron enriquecer el capital nacional. La aceptación de la injusticia requiere un baño, no solamente geográficamente difícil, como por ejemplo visitar todos los pueblos del Perú, lo hizo Belaunde, sino sufrir sus propias injusticias, que ahora son de mercado. El precio del kilo de papa se decide en Lima todas las noches de las cuales, a Vallejo no debe pedírsele explicación o recuerdo. Al genial vate, dejémosle en paz, caramba. El precio del kilo de papa está desprovisto de belleza. Tiene que ver más con la concepción de competencia perfecta, y las expectativas encontradas, y enormemente imprecisas, de productores, intermediarios y consumidores, que con las injusticias aun presentes de nuestra cargadísima historia, cada año menos poética. El terrible Nietezsche dijo que "solo debe definirse aquello que no tiene historia.". Estamos bien, entonces, solo si construimos sobre ella. Pero el precio del kilo de papa se explica ciertamente por el equilibrio entre oferta y demanda en Lima, y la solidaridad y esfuerzo andino, terco motor de la producción. Si continuamos pagando poco por esa papa linda más allá de Cañete, tendremos que importarla de Idaho y luego (horror) de Irlanda, que sobrevivió de la hambruna que inopinadamente le causáramos. Los mercados tienen sus propias venganzas y son terribles en saldar las cuentas de la historia, justamente, muchas veces.