El Juego de las Expectativas
Alexis de Tocqueville, uno de los más agudos observadores del bullir del Nuevo Mundo, especuló que las grandes revoluciones no ocurrían en estos lares a causa del pesado yugo de la miseria - pensaba sin duda en la toma de la Bastilla - sino más bien a causa de la expectativa que las cosas no siguieran tan bien como pudieron haber sido. A un lado del Atlántico la masa hastiada se alza fieramente contra la opresión mientras que al otro lado cuando le escamotean a Madero, un jóven hombre de negocios de 30 años, una elección en México, luego de 30 años de Porfiriato, la fallida expectativa de una nueva era desencadena una década de atrocidades y violentos cambios sociales mucho antes de la revolución bolchevique en las mismísimas barbas del Tío Sam. Madero se alza el Domingo 20 de Noviembre de 1910 poco después que don Porfirio Díaz, de 80 años, en el pináculo de la fama, inaugurara el 17 de Setiembre la gran columna en conmemoración al centenario de la independencia mexicana en el D.F. que en ése entonces se la llamaba, demasiado merecidamente, la Ciudad de los Palacios. Y qué memoria!. Hasta el día de hoy todos los documentos oficiales mexicanos llevan en el margen inferior con grandes letras mayúsculas, el terco lema de la revolución de don Francisco I. Madero, "Sufragio efectivo No-reelección", de lejos el slogan más duradero y exitoso de todo el continente. Años después Batista cae eficazmente disuelto no por el fracaso económico sino por lo que que la clase media cubana entendió como una clara incompetencia en mantener el crecimiento económico, sin percatarse que quedaría enredada en las barbas de un falso profeta. El fin de la clásica resignación europea, cuando llega a ser indiferente escoger entre la cadena o la vida, detona el levantamiento mientras que acá la revolución explota de expectativas dolorosamente chamuscadas. Estas reacciones diferentes giran, correctamente, alrededor de diferentes expectativas, el pesimismo europeo y el proverbial optimismo del Nuevo Mundo, causadas básicamente por las diferentes estructuras demográficas de las dos poblaciones. Aquí el promedio de edad siempre ha sido mucho menor al europeo. Para el chaval del Nuevo Mundo, al Sur o al Norte, todo lo bueno está aun por suceder siendo el caudal enorme de la ilusión por el futuro suficiente para ahogar todo lo malo por venir, mientras que el europeo siempre ha estado, como dijo lacónicamente Bryce Echenique, entre los 55 y la muerte. Tardía e inútil sabiduría desemboca en informado pesimismo pues un pesimista es, después de todo, un optimista con experiencia. Es por eso que las soluciones políticas y de mercado en Europa han trajinado más frecuentemente por la modificación de la experiencia objetiva, dado que la venta de promesas rebotará en el cinismo de la experiencia, con no pocos fracasos, mientras que aquí hemos comprado glotonamente de todo tipo de mercaderes de ilusiones suponiendo que la vida es aun larga y la fortuna debe estar por allí cerca. La presencia o ausencia del pasado es el factor primordial en la producción de expectativas y ellas son el motor que hace dinámica a la economía y a los mercados. Un mercado preñado de optimistas empeñará todo lo rosado del futuro en satisfacciones presentes mientras que uno pesimista se dividirá en dos direcciones: los cautos y previsores, y los que se divertirán frenéticamente pensando que es la víspera del juicio final. En ambos casos, como argumentara Sir John Hicks y sufren hoy los productores de ropa de lana peruanos, las expectativas pasadas son las que forman la oferta presente, mucho más que el precio de hoy.