EL MERCADO POLITICO

La imagen del político evoca para algunos al dueño de la pelota, al monopolista del poder, y para otros al astuto dueño más bien de la madeja, experto conocedor de los hilos secretos, oportunísmo personaje que figura nítidamente cuando las flores llueven y que se evapora sin rastro cuando las papas queman y los chanchos vuelan. Pero no son figuras de antaño. Hay varios hoy que no necesitan caricatura alguna convirtiéndose en imagen integral, substancia y esencia de un plumazo. Los dos estereotipos son históricamente correctos aunque el segundo sea típicamente criollo, pero quedan en eso, estereotipos impropios del ejercicio del poder porque en una democracia el político es simple y llanamente aquella persona que es capaz de representar a otros. El grado de representación permitida es, claro, asunto aparte porque históricamente, La Bastilla/La Carta Magna, la participación democrática siempre ha tenido que ser arrancada de las garras de los autócratas. Es así que vale más pensar porqué los poderosos encuentran en su interés abrir o cerrar la participación. El primero en aportar una explicación con un coherente matiz económico fue, en 1981 Douglas C. North, Nobel de Economía, quien propuso una perspectiva de oferta y demanda para entender a la política. Para North todos los gobiernos, sin excepción, son monopolios dedicados a la entrega de bienes y servicios públicos demandados por los ciudadanos., incluyendo bienes tales como la defensa (protección contra predadores externos), la justicia (protección contra predadores internos), y la válvula "check", la capacidad de fijar impuestos.

En realidad el primero en sugerir esto fue el venerable Max Weber, en 1922, quien sugiriera que en todas las economías, excepto las más primitivas, la oferta de bienes públicos, y de los medios violentos para organizarla, es un monopolio "natural". North explicó porqué: gerencialmente el gobierno tiene un enorme costo fijo de provisión y un bajo costo marginal. La aventura de Cristóbal Colón se convirtió en marginal para Isabel solo después que cayera la última torre hostil de su territorio. En sentido moderno, un gobierno es igual a un canal de TV pues una vez prendido el costo es el mismo no importa cuanta gente lo vea.

Rogowski propone extender estas nociones al mercado de la influencia porque si el gobierno es un monopolio natural, también es un monopolista del mercado de la influencia, es decir, del acceso a los que toman decisiones. Esto significa que, como todos los monopolistas, cuando el ingreso marginal es igual al costo marginal, producirá menos que en condiciones de competencia perfecta, y cobrará un precio alto, es decir, los gobiernos pondrán un precio caro al acceso a la influencia, a un círculo demasiado cerrado de personas, produciendo resultados Pareto subóptimos. Rogowski, sin embargo, encuentra una explicación a la variación aparentemente inexplicable de oferta de influencia de gobierno a gobierno, donde los gobiernos tiranos ofertan poco pero cobran mucho, y las democracias ofertan mucho pero cobran poco por influencia: Su explicación, elegantemente económica, es la disponibilidad de substitutos alternativos. No solo se trata de potenciales competidores por el control del monopolio, porque, después de todo, fue en lugares aislados sin rivales próximos donde florece la democracia: Inglaterra, Suiza, Australia, Estados Unidos. Se trata también de la facilidad con la que los ciudadanos pueden sacarle la vuelta a un régimen opresor. El potencial para emigrar de los recursos humanos y especialmente de los financieros, son mecanismos que sueltan la elasticidad de la demanda por influencia provocando a los poderosos a otorgar mayor influencia. Las crisis económicas ciertamente deponen tiranos. Economía y Política tienen una imbricación importante.